En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia". Pero Jesús le contestó: "Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?"
Y dirigiéndose a la multitud, dijo: "Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea".
Después les propuso esta parábola: "Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: '¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida'. Pero Dios le dijo: '¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?' Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico en lo que vale ante Dios".
Reflexión
Hermanos, el problema del hombre rico no fue tener una buena cosecha, el problema fue que, cuando recibió mucho, solamente pensó en sí mismo: ‘mis graneros, mis bienes, mi alma’. Su abundancia nunca se convirtió en acción de gracias ni en servicio. Jesús comienza diciendo: ‘Guárdense de toda clase de codicia, porque aunque uno tenga mucho, su vida no depende de sus bienes’.
San Basilio Magno, comentando esta parábola, cuestiona al rico: si tienes más de lo necesario, ¿por qué no compartirlo con quien necesita? Para Basilio los graneros pueden convertirse en la casa de los pobres.
Esta enseñanza hunde sus raíces en la tradición de Israel. La Ley pedía no cerrar la mano ante el hermano necesitado: ‘Abre tu mano a tu hermano, al pobre y al necesitado’; la riqueza, por tanto, nunca debía de romper la solidaridad del pueblo.
El Catecismo de la Iglesia Católica, al explicar el décimo mandamiento, enseña que éste prohíbe ‘la avaricia y el deseo de apropiación inmoderada de los bienes terrenos’. Y añade que Jesús llama a vivir el desprendimiento y la confianza en la Providencia.
Hoy Jesús mismo nos enseña que la vida no consiste en acumular, sino en recibir para entregar. Él mismo se hizo pobre por nosotros y entregó su vida. A veces también nosotros construimos pequeños graneros: una cuenta, una casa, un proyecto, incluso nuestros propios méritos. No está mal tenerlos, la pregunta es: ¿para quién los estoy construyendo?
Hoy voy a identificar algo que tengo en abundancia, material o espiritual, y compartirlo deliberadamente con alguien que lo necesite, porque Jesús no nos pide simplemente tener menos, sino ser ricos para poder realizar la obra de Dios.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por:
Luis Furukawa, diácono de la Arquidiócesis de Monterrey
