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      Reflexión del 26 de octubre

      Reflexión sobre la fotografía de época

      “Una hija de Abraham”. Es fácil pasar por alto esas palabras cuando leemos cómo Jesús cura a una mujer que llevaba dieciocho años encorvada. Sin embargo, son fundamentales en este encuentro. Jesús la identifica como alguien que pertenece al pueblo de la alianza de Dios, una heredera de las promesas hechas a Abraham. Ella tiene un lugar en esa gran historia de fe. No se nos dice su nombre, y quizá quienes la rodeaban se habían acostumbrado a reconocerla principalmente por su condición, no por su nombre. Jesús habla de su pertenencia. Les recuerda a todos quién es ella: una mujer cuya dignidad y lugar entre ellos nunca se han visto mermados por su sufrimiento.

      Eso hace que su pregunta resulte aún más contundente: “¿No debería esta mujer… ser liberada?”. Para Jesús, su curación encaja perfectamente con el sábado, el día consagrado a Dios, al descanso y a la libertad. Si la gente desata a un animal para que pueda beber en sábado, ¿cuánto más debería liberarse a esta hija de Abraham de lo que la ha mantenido cautiva durante dieciocho años? Al igual que un animal tiene sed de agua, esta mujer tiene sed de sanación. Si se puede llevar a un animal a beber en sábado, sin duda también se la puede llevar a ella para liberarla del sufrimiento que la ha atado durante dieciocho años.

      Aquí también hay una invitación para nosotros. Qué fácil es que alguien se convierta en “el compañero difícil”, “el vecino mayor” o “la persona que siempre necesita ayuda”. A menudo vemos más la carga o las molestias que a la persona misma... De hecho, poco a poco vamos perdiendo de vista a la persona. Jesús nos pide que volvamos a mirar, que reconozcamos una dignidad que ni la enfermedad, ni la edad, ni las circunstancias pueden arrebatar.

      Esta fotografía de Pierre-Auguste Renoir nos invita a mirarla un poco más detenidamente. Vemos al artista, ya entrado en años, en una silla de ruedas, pero también vemos a un artista en plena faena, que sigue observando el mundo con atención y encontrando algo que quiere pintar. En sus últimos años, Renoir padeció una artritis reumatoide grave, que le causaba un dolor considerable, le dañaba las articulaciones y, con el tiempo, le impidió caminar. Sus manos también se vieron gravemente afectadas, lo que hacía cada vez más difícil el trabajo que tanto amaba. Sin embargo, siguió pintando, encontrando formas de adaptarse a medida que sus movimientos se volvían más limitados. La silla de ruedas nos da una idea de sus circunstancias; ¡el caballete nos recuerda cuánto más queda por descubrir sobre él!

      Por supuesto, Renoir no necesitaba seguir pintando cuadros hermosos para seguir mereciendo atención y cuidado. Su dignidad habría sido igual de plena aunque no hubiera podido levantar un pincel. Eso es lo que relaciona esta fotografía con el hecho de que Jesús llame a la mujer del Evangelio de hoy “hija de Abraham”. Él reconoce una dignidad que su sufrimiento nunca le ha arrebatado. Dejemos que esta imagen nos recuerde la dignidad que hay en cada persona, incluso cuando necesita ayuda. Necesitar ayuda forma parte de la vida de cualquiera. Nunca debería convertirse, a nuestros ojos, en el único rasgo que define su identidad.

      by Padre Patrick van der Vorst

      https://youtu.be/HuvfONz_XgU

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