En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: "La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.
Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás".
*Reflexión
Jesús nos habla hoy de una generación que pide señales, pero el problema no es que Dios no dé señales, el problema es que muchas veces no queremos reconocer y responder a las que ya nos ha dado. Para la tradición judía, la predicación de Jonás en Nínive es una llamada a la teshuvá, es decir, al retorno a Dios, a cambiar el corazón y la conducta. Los ninivitas escucharon una palabra y se convirtieron.
San Agustín interpreta a Jonás como una figura profética de Cristo: ‘los tres días de Jonás en el vientre del pez prefiguran los tres días de Cristo en el sepulcro.’: Jonás fue signo para Nínive, pero Cristo es el signo definitivo, porque en su muerte y resurrección, Dios ofrece al mundo la salvación.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Cristo es la plenitud de la Revelación: en Él Dios ha dicho definitivamente quién es y cuánto ama al ser humano. El Concilio Vaticano II, nos recuerda que Jesucristo es, al mismo tiempo, mediador y plenitud de toda la revelación.
Por eso, la pregunta no es: ‘Señor, ¿qué otra señal necesito?’, sino: ‘Señor, ¿qué me estás pidiendo cambiar?’ En mi experiencia pastoral he aprendido que muchas veces esperamos que Dios cambie las circunstancias, cuando Él comienza a invitarnos a cambiar nuestro corazón; pedimos una señal para perdonar, para reconciliarnos, para servir, para volver a Dios y quizá la señal ya está delante de nosotros: Cristo presente, su Palabra, tu vocación, la comunidad, tu matrimonio e incluso tu familia, dentro de lo cual nos invita Jesús a caminar con Él.
La figura cristológica es clara, Cristo es el nuevo Jonás, pero infinitamente mayor que Jonás. Jonás anunció una conversión, Cristo realiza la salvación. Hoy no pidamos una nueva señal, hagamos una conversión concreta: perdonar a alguien, pedir perdón, volver a la oración o acercarnos nuevamente a Dios. La señal ya está aquí, Cristo. Ahora nos corresponde a nosotros responder.
✍️ *Esta reflexión del Evangelio fue escrita por: Luis Furukawa, diácono de la Arquidiócesis de Monterrey. En colaboración con Evangelización Activa.*
Luego poner la imagen adjunta y luego este texto
La visita de la reina de Saba al rey Salomón,
Pintura de Sir Edward John Poynter (1836-1919),
Pintado en 1890,
Óleo sobre lienzo
© Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, Sídney
Reflexión sobre el cuadro
En el Evangelio de hoy, Jesús hace una referencia bastante intrigante a la Reina del Sur. ¿Quién era exactamente? Se la suele identificar con la reina de Saba, cuya notable visita al rey Salomón se describe en 1 Reyes 10. Saba era probablemente un reino del sur de Arabia, asociado especialmente con la zona del actual Yemen, aunque más tarde la tradición etíope también reivindicó con fuerza su historia. En realidad, las Escrituras no nos dan su nombre, pero describen a una reina rica y poderosa que había oído hablar de la extraordinaria sabiduría de Salomón. Estaba tan intrigada que emprendió un largo viaje a Jerusalén para conocerlo en persona.
¡Y no llegó precisamente de forma discreta! Las Escrituras nos cuentan que la Reina del Sur llegó con una gran caravana de camellos cargados de especias, enormes cantidades de oro y piedras preciosas. Sin embargo, lo que realmente buscaba era sabiduría. Interrogó a Salomón y lo puso a prueba con preguntas difíciles; y cuando escuchó sus respuestas y fue testigo del esplendor de su corte, quedó impresionada. Se dio cuenta de que Dios había concedido a Salomón algo extraordinario. Precisamente por eso Jesús la menciona en el Evangelio de hoy. Él dice, en efecto: ¡Miradla! Recorrió una distancia enorme porque había oído hablar de la sabiduría de Salomón, y sin embargo “aquí hay algo más grande que Salomón”.”
Eso hace que las palabras de Jesús también supongan todo un reto para nosotros. La Reina del Sur recorrió varios países en busca de sabiduría; mientras tanto, Cristo se encontraba justo delante de la gente de su propia generación, y muchos de ellos seguían exigiendo otra señal. Y quizá nosotros hagamos lo mismo. Podemos pasar la vida buscando señales espectaculares de Dios, mientras pasamos por alto las formas en que Cristo ya está presente entre nosotros. Por encima de todo, lo encontramos en la Eucaristía. No tenemos que atravesar desiertos con caravanas de oro para encontrarlo... en cada misa, nos presentamos ante alguien más grande que Salomón.
La obra de Edward Poynter titulada «La visita de la reina de Saba al rey Salomón», pintada en 1890, es enorme: mide más de tres metros de ancho. Poynter llena la escena de un esplendor casi abrumador: una arquitectura imponente, tejidos lujosos, objetos preciosos y una elaborada corte real. Esta fascinación por los detalles arqueológicos era típica de finales del siglo XIX, cuando los descubrimientos en Egipto y Oriente Medio despertaban la imaginación de los europeos. Pero, en medio de toda esa magnificencia, fíjate en la propia reina. Ha recorrido una distancia inmensa y ha traído consigo riquezas extraordinarias, pero ha venido porque hay algo que valora aún más que el oro: la sabiduría. Casi adopta una pose humilde ante Salomón, en busca de sus sabias palabras...
by Padre Patrick van der Vorst
