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7. Ten tu corazón vacío de todo afecto terreno para lo que llene Jesús en su totalidad.
Reflexión
1. Analizo cómo es mi caridad con Dios y con mis hermanos.
2. ¿En qué actitudes de Jesús misericordioso descubro luz para mi vida de cristiano?
3. ¿Cómo vivo la caridad con los demás?
4. ¿En qué cosas no he sido disponible? Hacer una lista
5. ¿Qué me propongo para crecer en la virtud de la caridad?
Contemplación:
Jesús y su Padre; Jesús y el Espíritu Santo.
Misterio de la Santísima Trinidad.
Virtud de la fe
Practicar
Hacer actos de fe a lo largo del día.
Decirle a Jesús que lo amamos por encima de todo.
Pensar en todos los afectos familiares y de amigos y ofrecerlos a Jesús, renunciando a ellos.
Cada noche revisar como se vivió todo el día y si se cumplió con lo propuesto
Apostolado:
No buscar ser preferidos por quien tiene la autoridad.
Rehuir a tener “consentidos”;tratar a todos por igual; hijos, marido, etc.
No mostrar preferencia delante de nadie; preferir sólo a Dios
Oración:
“Jesús te seguiré a donde quiera que vayas”.
“Dios mío, creo, espero, adoro y amo y te pido perdón por los que no creen, no esperan, no adoran y no aman”.
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo creo, espero, adoro y amo”
Salmo 130 (129)
+ Ofrecimiento del Verbo Encarnado cada hora.
Fuentes bíblicas de este punto:
Libre para amar. No apegado a nada ni a nadie
- Jesús dijo: Porque yo no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna (Jn 12, 49-50).
- El que acepta mis preceptos y los pone en práctica, ése me ama de verdad; y el que me ama será amado por mi Padre. También yo lo amaré y me manifestaré en él (Jn 14, 21).
- El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él (Jn 14, 23).
- Pues bien, ustedes no han recibido un Espíritu que les haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que han recibido un Espíritu que los hace hijos adoptivos y les permite clamar «Abba», es decir «Padre». Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él (Rm 8, 15-17).
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